El hombre de rojo Vs Los Tres de Oriente

No me gusta Papa Noel, de nunca. Por más que la Coca-Cola se empeñe no consigo ver a ese señor como algo mío. Nada, que no. Lo veo artificial, importado y con un regusto a publicidad que me mata. Sí que he de reconocerle al que lo colocó en nuestra Navidad, que con la fecha  acertó, porque consigue estar presente durante todas las fiestas. En esto, los pobres Reyes Magos se han quedado un poco atrás (hay que comprender que no es lo mismo ir en trineo volador que en camellos en pleno enero, con el frío que hace).

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Así que ahora estoy en pleno conflicto existencial. Si hago que Papa Noel entre en nuestras vidas, me vendo a la cultura yanqui (que muy bien para ellos, pero no es la mía). En contrapartida, mi hija tendrá juguetes de los que disfrutar toda la Navidad. Si no me vendo, y sigo en mis trece, mi hija esperará a los Reyes Magos pero tendrá que ver por el camino como todos los niños disfrutan de regalos repartidos por un señor que por su casa no pasa… Por no hablar de que en cualquier centro comercial, el personaje que los sienta en su regazo y saluda con la mano para la foto es el gordito de rojo, al menos hasta bien entradas las fiestas.

La integridad me ha valido hasta ahora, porque Minififi no se coscaba de nada, pero este año se me ha acabado el chollo.

¿Qué hago? ¿Me rindo ante los encantos de esa barba reluciente o espero a que los habituales de mi casa hagan su entrada dos semanas después? ¿O nos tiramos al consumismo absoluto y que todo quisqui aparezca por mi chimenea?

¿Qué vais a hacer vosotros?

Voltereta y los 100€

Había una vez una niña a la que todos llamaban Voltereta. La llamaban así porque siempre andaba de acá para allá dando brincos, y con su alegría y juegos, ponía patas arriba todas aquellas cosas tristes que encontraba a su alrededor.

Había llegado ya casi la Navidad y Voltereta pensó que ya era hora de escribir una carta a los Reyes Magos. Sus Majestades andaban muy atareados abriendo cartas y preparando los regalos, pero les llamó la atención aquel sobre morado lleno de pegatinas que olía a piruleta, así que Baltasar decidió abrirla. Esta fue la carta que encontró…

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Los Reyes se miraron unos a otros extrañados. ¿Por qué una niña pequeña pedía como regalo 100€? Los niños solían pedir juguetes, cuentos, libros, pero nunca dinero…

Así que Sus Majestades de Oriente decidieron ir a casa de Voltereta y preguntarle directamente el motivo de su petición.

Era de noche y Voltereta estaba ya calentita en su cama cuando oyó un ruido de campanillas. La niña no sabía de donde venía ese ruido pero como era muy valiente se levantó a ver de donde procedía. El ruido venía de la cocina. Cuando llegó allí no podría creer lo que veían sus ojos. Dos señores, uno pelirrojo y otro con pelo blanco como su abuelo, muy arreglados y con unas capas muy brillantes estaban sentados encima de la vitrocerámica, y un tercero, negro y más gordito, asomaba la cabeza por la campana extractora.

“¡Vamos Baltasar, sal ya. Ya te hemos avisado que esto no era una chimenea, pero como eres un cabezón…! Date prisa, que nuestra amiga Voltereta ya está aquí”, dijo el de la barba blanca.

Voltereta no podía creerlo. ¡Los Reyes Magos estaban en su cocina! ¡Pero si todavía no había llegado la Navidad!

Sus majestades la miraron muy fijamente y Melchor le preguntó:

“Niña, hemos recibido tu carta y estamos muy asombrados. Ningún niño nos pide dinero y queremos saber para qué necesitas tú 100€ antes de decidir si te los podemos dar o no”.

Voltereta se puso muy seria y les dijo:

“Pues miren ustedes. Yo ya tengo muchos juguetes, y no necesito más. Mis papás siempre me dicen que hay que compartir y que hay muchos niños que tienen muy pocas cosas. Así que me he puesto a pensar y a pensar y he encontrado a varios amigos que conozco a los que me gustaría hacerles un regalo. Y como sé que ustedes andan muy ocupados y no tienen tiempo de tanto reparto, he decidido pedirles el dinero para ir yo misma a comprar los regalos. Aunque no sé si tendré suficiente.”

“¿Y qué regalos quieres hacer, si se puede saber?, le preguntó Gaspar.

“A ver, primero quiero comprar una mochila para mi amiga Almudena, que va a mi clase y lleva una muy rota y muy sucia. Sé que le haría mucha ilusión porque siempre mira la mía. Luego le quiero comprar un regalo a los niños de mi clase, algo con lo que podamos jugar todos, porque la seño nos ha dicho que hay que compartir y jugar todos juntos. También quiero hacerle un regalo a mi vecino Tomás, que está muy triste porque su papá se ha tenido que ir a trabajar fuera de la ciudad y le echa mucho de menos. Tengo que buscar algo muy bonito para una niña que siempre está sentada con su mamá en la puerta del supermercado, y que me sonríe cuando paso, se llama Alma. Y además quiero comprar un regalo muy especial para mi hermanito que nacerá en pocos meses, porque el pobre está aún en la barriga de mamá y no puede escribiros una carta. Y si me sobra algo, pues compraré alguna cosa para niños que lo necesiten y se lo daré a mi mamá para que los reparta. Eso es todo, creo.”

“Y para ti, ¿no quieres nada?”, le preguntaron los tres a la vez.

“No, este año no quiero nada para mí, porque hace poco fue mi cumple y me regalaron muchísimas cosas. Algunas las tengo todavía en las cajas. Y la verdad, no sabría qué hacer con tantos juguetes”, contestó Voltereta, muy convencida.

Tan convencida estaba, que los convenció también a ellos. Los Reyes Magos le prometieron que verían qué podían hacer y sin más, desaparecieron por donde habían venido.

Los Reyes no sabían cómo resolver este asunto. Por un lado la petición de la niña era tan solidaria que no se podían negar, pero por otro, ellos no disponían de dinero en efectivo para poder dárselo. Así que pensaron y debatieron y al final, encontraron la solución. Hablarían con una tienda de juguetes y les pedirían ayuda. Buscaron y buscaron hasta encontrar la tienda perfecta. Se llamaba Imaginarium. Los duendes de Imaginarium se pusieron manos a la obra con el encargo, con ayuda de los padres de Voltereta, que estaban encantados con la misión.

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Llegó el día de Reyes y Voltereta se despertó muy temprano. Cuando entró en el salón no podía creer lo que veían sus ojos.

Allí estaba la mochila de Almudena, más bonita no podía ser. ¡Su amiga se iba a poner súper contenta con ese regalo!

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Junto a ella un muñeco genial para Tomás. Era un papá en pequeñito con el que podría jugar y al que podría contarle todas sus aventuras hasta que su papá de verdad llegara. ¡Y además se parecían mucho!

ImprimirEncima de su sofá había una caja preciosa. Al abrirla vio que era un fantástico juego de abalorios con el que la niña del supermercado podría entretenerse y jugar. ¡A Alma le iba a encantar!

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Para los niños del cole los Reyes Magos habían dejado unas marionetas chulísimas. ¡Menuda cara iban a poner cuando las vieran!

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También encontró un paquete blandito y, al abrirlo, vio que era un dudu precioso y muy suave para su nuevo hermanito. ¡Su primer muñeco para dormir!.

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Voltereta estaba flipando. Aún le faltaba un regalo por abrir. Era un sobre muy bonito, casi tan bonito como el de su carta a los Reyes. En él se podía leer: “Gracias por regalar sonrisas”. Y dentro unas fichas con regalos que los Reyes habían llevado de su parte a otros niños: unos muñecos geniales y un libro de cuentos que habían ido a parar a la planta infantil del Hospital.

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¡No podía creerlo! ¿Los Reyes habían comprado todo eso con sólo 100€? Todavía estaba alucinando cuando se dio cuenta de una pequeña bolsa que estaba colgada de la ventana. Al abrirla, un haz de luz inundó todo el salón y los tres Reyes Magos aparecieron de nuevo ante sus ojos.

“Voltereta, gracias por regalar sonrisas. Los Reyes Magos y nuestros amigos de Imaginarium , tenemos un regalo muy especial para ti. Cada año, cuando se acerque la Navidad, vendremos a buscarte y nos ayudarás a elegir los regalos de tooooooooodos los niños del mundo”, le explicaron sonrientes.

Voltereta estaba entusiasmada. ¡Ser ayudante de los Reyes era el mejor regalo que le podían hacer!.¡Era el trabajo más chulo del mundo!

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Así que, desde entonces, cada año, cuando un niño escribe su carta a los Reyes Magos no sabe que, junto a ellos, y ayudando a elegir sus regalos, hay una pequeña niña, muy alegre y pizpireta, que se llama Voltereta.

Y colorín, colorado… este cuento aún no ha acabado.

MORALEJA: Quién reparte sonrisas, recoge el mejor regalo.

Érase una vez…

Erase una vez un niño. Era un niño muy feliz, tenía muchos amigos y una familia fantástica.

Sus papás, eran los mejores papás del mundo. Tenía dos hermanos, ¡los cinco lo pasaban fenomenal!

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Él era el mayor de sus hermanos, y por tanto, el que hacía las cosas que más molaban. Sus hermanos pequeños siempre se fijaban en él para todo.

Una de las cosas preferidas para este niño era escribir la carta a los Reyes Magos y debía ser muy convincente porque…¡siempre le hacían caso! Parecía como si le conociesen de toda la vida…

Un día, el niño estaba jugando al escondite con sus hermanos. A su hermana le tocaba buscar y a él y a su hermano esconderse, así que pensó en el mejor escondite de toda la casa, y se metió debajo de la cama de sus padres. ¡En ese sitio nunca le encontraría!

Estaba allí debajo escondido cuando de repente vio unos papeles asomar por debajo del colchón… Con cuidado estiró de ellos y no podía creer lo que vio: ¡Eran sus cartas a los Reyes Magos!

El niño estaba muy enfadado. ¿Qué hacían sus cartas ahí guardadas?

En el colegio, algunos niños le habían dicho que los Reyes Magos eran los padres, pero él no quería creerles. ¿Sería verdad lo que decían sus compañeros?

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Él era un niño muy listo así que decidió averiguar la verdad del caso. Faltaba muy poco para la Navidad. Dejó pasar un par de semanas y le dijo a su madre: “Voy a escribir mi carta para los Reyes Magos”.

Así que escribió su carta y la dejó en el sitio de siempre. Pero no solo dejó eso. Además, y sin que nadie lo viera, cogió una galleta y la puso un poco escondida al lado de la carta.

“Puede ser que mis padres guarden las cartas como recuerdo, porque los Reyes siempre van muy cargados, igual no pueden llevárselas todas. Pero si los Reyes Magos existen,  cogerán la galleta seguro” pensó.

Y llegó la noche del 5 de Enero. El niño decidió esperar toda la noche despierto, pero ese día habían estado en la Cabalgata y estaba tan cansado que en seguida se quedo durmiendo…

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A la mañana siguiente, en cuanto amaneció, se levantó de un salto y fue corriendo al lugar donde había dejado la carta y la galleta. La carta había desaparecido, y en su lugar había muchos regalos para él y sus hermanos, pero la galleta, que estaba bien escondida, seguía allí. Tras eso fue de puntillas a la habitación de sus padres, y allí, debajo del colchón, encontró la carta.

El niño no sabía qué hacer. ¿Debía decirles a sus papás lo que había descubierto ó debía callarse y hacer como que no había pasado nada?.

Pero él era un chico muy valiente así que se decidió. Esa noche, esperó a que se acostarán sus hermanos y fue a hablar con sus papás.

“Qué haces todavía despierto?”, le preguntó su padre.

“Pueeees….que tenía que haceros una pregunta”, contestó, un poco nervioso.

Su padre lo miró sorprendido y le pidió que se sentara con él en el sofá.

“Quiero saber si los Reyes Magos existen”, les dijo.

Sus papás se miraron el uno al otro.

“¿Porqué dices eso cariño?”, le preguntó su madre.

Entonces, el niño les contó toda la historia, lo de las cartas bajo el colchón, lo que le habían dicho en el cole y hasta la ocurrencia de la galleta…

Ambos lo miraban boquiabiertos.

Su padre comenzó a hablar:

“Mira hijo mío, ya es hora de que te cuente una historia. Ya eres un chico mayor por lo que te vamos a contar toda la verdad. Hace muchos, muchos años, a un niño, más ó menos de tu edad, se le cayó un diente la noche de Reyes. Por esta coincidencia los Reyes Magos y el ratoncito Pérez coincidieron en una casa. Los Reyes Magos eran ya muy mayores, porque llevaban miles de años repartiendo juguetes en casa de todos los niños del mundo. El ratoncito Pérez también, sus bigotes se estaban empezando a teñir de blanco y ya no veía los agujeros para colarse en las casas como antes. Los cuatro comenzaron a hablar del paso del tiempo y de la cantidad de casas que debían visitar cada año.

El rey Melchor decía: “Si al menos pudiéramos ir en varios días. Yo ya sufro de dolores de espalda por tener que cargar los juguetes todos a un tiempo”.

“Desde luego”, respondió Gaspar, “Tantas casas, tantos regalos y sólo tenemos seis manos…”.

“Pues lo mío es peor, porque no son tantos regalos a la vez, pero ¡son muchos todos los días!”, les respondió el ratoncito Pérez, “Y la verdad, estoy ya cansado, necesito unas vacaciones”.

Baltasar suspiró. “Si al menos alguien nos ayudará….”

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Mientras comentaban todo esto, no se dieron cuenta de que los estaban escuchando. Eran los papás del niño que al que se le había caído el diente el día de Reyes, que escuchaban silenciosos desde detrás de la puerta. Al escuchar el debate no pudieron evitar interrumpir.

“Ejem, ejem…buenas noches”, dijeron, “Somos los papás del niño al que habéis traído los regalos.”

“No hemos podido evitar escucharos y nos apena mucho que vayáis tan cargados de trabajo. Todos tenemos derecho a disfrutar de una vejez tranquila y poder descansar.

Por eso tenemos una solución a vuestro problema. Necesitáis a alguien que os ayude, y creemos que tenemos a esas personas”.

“Sí, ¿en serio?”, preguntaron los cuatro, “¿Y quien se podría ocupar de esto de la misma forma que lo hacemos nosotros?. Esas personas deberían conocer los gustos de cada niño a la perfección, saber si han sido buenos y si merecen los regalos que se les hacen, conocer sus deseos, sus aficiones,… y además ser capaces de estar en cada casa a la hora exacta de poner los regalos. ¡Es muy difícil encontrar a alguien así!. Solo hay dos personas, además de nosotros que podrían hacerlo, pero son los propios padres…”

Los padres del niño sonrieron….

Los Reyes Magos y el ratoncito Pérez se miraron boquiabiertos.

“¡Pues claro!”, dijeron, “¿Cómo no se nos había ocurrido antes?. Es la solución perfecta. Los padres de cada niño serán nuestros ayudantes y nosotros podremos por fin descansar.”

Y así fue como lo hicieron, durante generaciones y generaciones, los padres de los niños ayudan a los Reyes Magos y al ratoncito Pérez a repartir los regalos, y cuando los niños son mayores, sus papás les cuentan la historia para que puedan entenderlo y ayudarles a su vez. Y esa es la verdad, hijo.”

El niño dudó antes de preguntar: “Y ahora que ya lo se todo y lo entiendo, ¿como podría yo ayudaros?”.

Su mamá, que era muy lista (y muy guapa, todo hay que decirlo), se sentó junto a él y , acariciándole el pelo le dijo: “Ahora más que nunca necesitamos tu ayuda. Tus hermanos son pequeños, y todavía no saben nada. Necesitamos que seas nuestro cómplice y nos ayudes a que no se enteren hasta que sean tan mayores como tú”.

El niño sonrió. Estaba encantado. Era cómplice de un secreto superimportante y ahora podría ayudar a sus papás a prepararlo todo.

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La Navidad siguiente el niño se lo pasó pipa. Fue con su mamá a elegir los regalos de sus hermanos pequeños, y claro, también los suyos. A escondidas ayudó a empaquetar y a poner lazos. Por otro lado, escribió su carta a los Reyes como todos los años, ya que como sabéis, sus hermanos hacían todo lo que él hacía y se lo pasó en grande viendo la ilusión de los más pequeños. Y la noche de los Reyes, sus papás le permitieron quedarse despierto hasta tarde para colocar todos los regalos. ¡Cómo disfrutó a la mañana siguiente cuando vio la cara de sus hermanos al levantarse. Él disimuló y puso la misma cara de sorpresa de todos los años, pero esta vez su padre lo miró y con un gesto de complicidad le guiño un ojo.

Y colorín, colorado….¡el misterio de la galleta se ha  destapado!

Y ahora, seguro que os preguntaréis…Y los Reyes Magos y el ratoncito Pérez, ¿dónde fueron?…

Pues bien, en las noches en las que hay muchas estrellas, y si os fijáis bien bien, hay una estrella que siempre brilla más que las demás. En esa estrella vive mucha gente, y se lo pasan genial observándonos desde arriba… El niño la conoce bien, pues es la estrella en la que está su bisabuelo y siempre la busca y le habla; pues, junto a él, y junto a muchos otros bisabuelos de muchos otros niños, cuatro figuras nos saludan con la mano, tres de ellos llevan capa y corona y al cuarto casi no se le ve porque es muy, muy pequeño, tan pequeño como un ratoncito…

By PerlasyLunares

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